Malditas vitaminas
Dicen que uno de los conflictos que acarrea la adolescencia es el cambio del cuerpo. Dejar de lado el cuerpo de niña y pasar a tener curvas, formas… las vitaminas.
Tenía once años, estaba mal, no podía comer, estaba pálida. Languidecía. Yo me sentía bien pero mi imagen no era la más saludable socialmente. Por ende, necesitaba un médico. Yo estaba bien, feliz, siempre fui alegre. La procesión va por dentro. Llego al médico, y solo recuerdo:-“vitaminas”. Mi degeneración corporal. Esas pastillitas naranjas atacaron de manera inhóspita a mi parásito. Lo durmieron, lo apagaron. Esas pastillas dieron paso a la vida, a la salud, a mi tristeza. De poco a poco sentía a Winnie dentro de mi nuevamente. Mi cuerpo recto comenzó a tener curvas, los platos de comida comenzaron a vaciarse, dejé la palidez. Mi familia se contentaba viendo los efectos de las vitaminas. En un mes cambié de aspecto. Mi cuerpo no era el mismo, y volvieron los complejos…
Las vitaminas las tomé alrededor de dos meses que me costaron años de autoterapia (no permito que ningún chusma con título se intrometa en mi vida).
Después de las vacaciones de invierno, el primer día de clases, sol pleno, se intromete en mi camino la maestra y con tono de felicidad me clava un puñal: -“Estás más recuperada”. ¿De qué? tal vez el fantasma se estaba socializando y las vitaminas lo durmieron. Sin embargo, a partir de allí los ojos de mis padres siempre estuvieron al acecho, nunca confiaron en el potencial de las pastillitas, ni en la desaparición del parásito. Lamento reconocerlo, tenían razón.
Doce años: éramos pocos y llegó el asma
Cumplo 12, paso al turno mañana en el colegio. ¡Ya soy adolescente! ¿Soy? jamás. Nunca tuve actitudes de adolescente. Soy una niña en un cuerpo grande o soy adolescente en un cuerpo chico. Mi envase es inapropiado para mi etapa psicobiológica.
Empieza el Cole, llega el amor a mi vida. Un horror. Tal vez fue por el único que sentí algo. El único que parecía acercarme más a la etapa que vivía, que había dejado de ser una niña. Hoy en día no creo esto. Soy nena. No inmadura. No siento lo que sienten la mayoría de las chicas a mi edad. No me interesan lo noviecitos, los mails apasionados, la joda, la rebelión contra los padres, no. Me interesa estudiar, quiero ser un ser pensante, racional, me quiero despojar de los sentimientos lo más que puedo. Hago cosas de mi edad, salgo a bailar y de vez en cuando algún chico se presenta en mi vida. Pero no vivo por eso, vivo para pasar esta etapa. Quiero ser adulta, pero no quiero dejar de ser niña. Estoy confundida. ¿Estaré adoleciendo?
Volviendo a los doce años. Mi cuerpo se estabiliza, vuelve el fantasma pero no tiene gran potencia. Sólo convive. No nos divorciamos pero no nos necesitamos mutuamente. Dejamos de lado la relación simbiótica. Eso creía. Mentira. El fantasma y yo somos y seremos uno. Sólo que yo lo domino, no como a los once años. Hoy en día me doy el lujo de decidir cuando debe despertarse y cuando debe descansar. Cuando lo mando a dormir no me puedo separar de él, actúo como si no está pero necesito despertarlo. Juro que hoy en día no se levanta. Y mi envase cada vez tiene más espacio. Tengo una lucha por despertarlo. Está en mi cabeza, no en mi cuerpo. Es hora que entre en acción.
Nunca volví a redactar los doce, volviendo: El colegio era un mundo nuevo. Era el mismo espacio físico. Pero la mañana le da un color especial que se confundía entre sueño y crecimiento. Vas a la mañana, sos grande.
Continuará…
sábado, 4 de octubre de 2008
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2 comentarios:
Gracias por pasar, muy lindo tu blog, besito.
jaja caro me saco el primer lugar...
bueno ..creo q hice kgada cn mi blog
quizas tnga q hacer ootroo mas...=S q bronca che
grax x pasarte amor
obvio q lo controlamos =)
TKM
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